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El filósofo Javier Sádaba defiende la supremacía ética y moral del agua en la conferencia de apertura de la Jornada SENC de Zaragoza 2008

Proteger las virtudes del agua es una tarea moral decisiva

  • Existe una exigencia ética de considerar al agua, desde el punto de vista médico, social y político como el paradigma del buen vivir.
  • “Mientras el fuego se inventa, el agua se encuentra”, explica el filósofo Javier Sádaba para defender la supremacía del agua sobre cualquier otra fuente de conocimiento del ser humano.
  • Es de suma importancia el uso del agua en la higiene, ya que mejora la apariencia, es cómplice de un sano y sensato rejuvenecimiento y ayuda a la salud en general.

“El recuerdo activo del agua, la fuente de nuestro ser, constituye una tarea moral decisiva”. Así se expresa Javier Sádaba, catedrático de Ética de la Universidad Autónoma de Madrid y codirector del Instituto de Bioética y Humanidades Médicas. El pensador ha pronunciado una conferencia magistral a modo de apertura de la Jornada SENC de Zaragoza 2008 bajo el titulo “Agua: sabor, ética y estética” en la que se revisan las implicaciones del agua y el ser humano a lo largo de la historia.

El filósofo entiende que “el agua, en sus distintas formas e, incluso, metamorfosis, es un bien objetivo, un útil a promover, un don que debe ser tomado como algo básico. Esto quiere decir que el ser humano es responsable ante ella y que está obligado a cuidarla. El agua es una necesidad básica y, en consecuencia, hay que cuidar de ella aunque I. Illich hablase de las aguas del olvido”.

“Los modos de tal obligación cambiarán según las circunstancias” subraya el pensador. Sádaba considera que “es posible distinguir el plano que atañe a las instituciones y el que incumbe a cada uno de los seres humanos. Por consiguiente, es un deber mantener lo que condiciona la vida y promover todo aquello que la haga útil para los humanos. En este apartado cobra especial importancia la salud, un bien primario y un derecho fundamental. De ahí la exigencia de que sea considerada desde el punto de vista médico, social y político como el supuesto del buen vivir”.

En lo que se refiere a la relación entre ética y estética en lo que concierne al agua, Javier Sádaba anota que “aunque parientes, ética y estética no son lo mismo. La estética no es universal y a nadie se le puede exigir ser bello ni que ame una obra de arte que no le emociona. Es de suma importancia, sin embargo, el uso del agua en la higiene, ya que mejora de nuestra apariencia, es cómplice de un sano y sensato rejuvenecimiento y ayuda a la salud en general. Así se funden ética y estética, aunque se destaquen más los rasgos de la última. La conclusión, por tanto, es que el respeto al agua es, análogamente, el respeto que el ser humano ha de tener por la madre tierra y por todos sus habitantes”.

El experto pone de relieve “aspectos esenciales en la visión que el ser humano ha tenido, desde el principio, del agua. Se destacan así tanto sus características mítico-religiosas como las más reales; es decir, aquellas que hacen del agua el sustrato de nuestra existencia”. Subraya el filósofo que “en el comienzo del filosofar, uno de los cuatro elementos que forman el mundo es el agua. Tales elementos no son sino la traslación a un lenguaje abstracto de cuatro divinidades ancestrales. En cualquier caso, detrás de todas las metáforas que se han forjado a su alrededor, se esconde su núcleo de configuración, mantenimiento y desarrollo de la vida; tanto de la vida del mundo como de cada uno de los individuos que lo pueblan”.

Sádaba utiliza un ejemplo gráfico para expresar la primacía del agua. “Mientras el fuego se inventa, el agua se encuentra”, sentencia el pensador quien recuerda que “puede haber vida sin luz o incluso sin oxígeno, pero todos los seres vivientes necesitan agua”. Otro de los puntos fuertes del discurso de Catedrático de Ética hace hincapié “en la distinción clásica entre agua dulce y agua salada”, resaltándose “su ambigüedad y cómo lo mejor se puede convertir en lo peor. Una inundación, que es un mal llamado de la pena, o una guerra por el agua, que sería el mal llamado de la culpa, son casos claros de tal ambigüedad. Los ejemplos, que podrían multiplicarse, muestran hasta qué punto el agua, como corazón de la existencia, manifiesta el lado de la vida y el lado de la muerte”.

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