Combatir la obesidad, no a los obesos


ESPECIAL NUTRIGUIA Investigación: ¿Por qué engordamos? y III

En el último número de Science, que dedica dos editoriales y varios
artículos al tema de la obesidad, Jeffrey Friedman, de la Universidad
Rockefeller, la considera uno de los más urgentes problemas de salud
pública. Según datos internacionales, está asociada con numerosas
enfermedades crónicas, como las patologías cardiovasculares o la diabetes
tipo 2, y consume entre el 5 y el 7% del gasto en salud. «La obesidad está
relacionada con más enfermedades crónicas que la pobreza, el tabaquismo o el
alcoholismo», afirma Friedman.

«El tema es complejo -reflexiona Marcelo Rubinstein, investigador del
Instituto de Genética y Biología Molecular-, porque prácticamente no hay
sistema del organismo que no participe directa o indirectamente en el
control de la energía. Además, la comida se asocia con fenómenos culturales.
Uno no come solamente por hambre. Por otro lado, en los últimos años se
descubrió que la saciedad es un fenómeno activo, no pasivo: antes se pensaba
que uno estaba saciado cuando no tenía hambre, ahora se sabe que esos
circuitos hay que estimularlos. Casi diría que es mucho más activo el
circuito de la saciedad que el del hambre.»

El verdadero problema de la obesidad, opina el científico, es que los seres
humanos somos esclavos de nuestra carga genética, especializada en conservar
energía. Y, en el mundo actual, los alimentos más cargados de calorías son
también los más económicos.

Ratones modelo

Los ratones de laboratorio ofrecen un modelo interesante para comprender la
tendencia a la obesidad en la población humana. En los bioterios se los
mantiene con alimentación ad libitum , es decir que pueden comer cuando
quieren. Si el alimento del que disponen es rutinario, los ratones mantienen
su peso durante meses. Pero si se les ofrece comida hipercalórica, rica en
grasas y con más sabor, inmediatamente engordan.

«Es lo que se llama obesidad inducida por la dieta -explica el científico
argentino-. Algo de eso es lo que está sucediendo en la escala global. Hay
demasiada oferta de comida rica. Un león, si se comió un antílope entero, no
reincide en toda la semana, porque tendría que ir a cazar de nuevo y ¡no
tiene ganas! ¿Pero qué pasa si le ofrecés una cantidad de alimentos ricos
sin que tenga más que alargar la pata? Se los comerá y se pondrá gordo.»

Y luego agrega: «Lo más preocupante es lo que ocurre con los chicos, porque
la dopamina (ese neurotransmisor involucrado en las adicciones) también fija
en el cerebro el gusto por las actividades deportivas. Si no son expuestos
tempranamente a la actividad física y no la asocian con un hecho placentero,
nunca más lo harán. Hoy, los chicos utilizan su cerebro, pero no activan el
placer por el movimiento, con lo que siempre van a tender al sedentarismo,
una causa importante de obesidad».

Todo indica que -si lo que se quiere es revertir esta tendencia- se
requerirá una conciencia más precisa de los complejos mecanismos que inciden
en los procesos de hambre y saciedad. Según Ellen Ruppel Shell, autora de un
libro sobre el tema, un grupo de científicos está investigando la
posibilidad de que los altos niveles de grasas y glucosa presentes en la
dieta estén trastornando nuestra química cerebral, y las señales que
normalmente nos indicarían que llegó el momento de cerrar la boca.

Shell afirma que existe evidencia de que una constante exposición a las
grasas y el azúcar puede hacer que las personas se hagan adictas a ellas
como a una droga. Las ratas alimentadas con una dieta alta en azúcares,
cuando se les quita este ingrediente, caen en un estado de ansiedad
similar al que se observa en adictos a la morfina o la nicotina, dice Shell.

Neurobiólogos de la Universidad Rockefeller creen que la exposición
frecuente a alimentos grasos puede configurar nuestro cerebro para que
deseemos más grasa aún.

Otros estudios sugieren que la composición de nuestra dieta afecta la
química cerebral activando ciertos genes, que a su vez influyen en nuestras
preferencias dietarias. «Sometiéndonos a una dosis continua de alimentos
procesados, dulces y altos en grasas, nos lanzamos sin querer a un peligroso
experimento, cuyas consecuencias a largo plazo sólo ahora están comenzando a
manifestarse», reflexiona Shell.

Autor: Nora Bär
De la Redacción de LA NACION

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