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En tiempos de crisis, decisiones salomónicas para la alimentación

Agencias, 14 de Agosto de 2009

Expertos en obesidad dicen que la mala situación económica amenaza con empeorar la forma física, ya que los ‘alimentos basura’ son precisamente los más baratos. Pero hay también comida sana y barata. Una nueva investigación nos enseña cómo sacar lo más nutritivo de cada céntimo.

"Queríamos asegurar que cada caloría cuenta", dijo el Dr. Adam Drewnowski, director del Centro de Nutrición y Sanidad Pública de Washington, quien intenta presionar al gobierno federal norteamericano para que piense en el bolsillo cuando emita nuevas directrices sobre la dieta el próximo año.

No, su plan no busca hacer que la gente coma sólo ensaladas. Después de todo, las verduras de la ensalada cuestan cuatro veces más que las judías verdes y, además, caducan antes.

Drenowski quiere ‘recuperar’ el consumo de patatas, no sólo en su versión frita. Dice que es hora de que los huevos, ricos en proteínas, vuelvan a la mesa.

“¿Espinacas? Están bien si te las puedes permitir; si no, las lechugas ‘iceberg’ también tienen su mérito”, insiste.

No es tiempo de comer restos ni vivir en un barrio barato donde escaseen los productos frescos. Las verduras congeladas son mejores, e incluso enlatadas, siempre que tengas en cuenta el sodio.

"Ahora el foco del mensaje se desliza desde los alimentos más nutritivos a los más nutritivos y baratos", indica Drewnowski.

Dos tercios de los adultos estadounidenses padecen sobrepeso u obesidad, y la obesidad infantil está tan extendida que algunos doctores predicen que pronto habrá una generación con menor esperanza de vida que sus padres. La recesión no ayuda en esto.

“El aumento de los precios de los productos alimenticios está ahogando los presupuestos domésticos, en especial para las familias con pocos ingresos”, afirma el Dr. James Marks, de la Fundación Robert Wood Johnson, quien teme que el aumento de los precios de las verduras supondrá un paso atrás en los progresos hechos para animar a la gente a comer más sano y hacer ejercicio.

Es un hecho difícil de aceptar: comer sano cuesta más caro. Cuando tienes hambre, optas por lo que más te llena, es decir, alimentos ricos en grasas saturadas y azúcares. “Te acabas decantando por el menú barato de los restaurantes de comida rápida”, dice Jeff Levi, de la organización ‘Trust for America’s Health’, una ONG estadounidense que trabaja en el ámbito de la salud.

No se trata únicamente de la diferencia de precio. El estudio de Drewnowski muestra que la educación y otros factores demográficos juegan también un papel. Si la gente tiene más información para elegir opciones más sanas –y el tiempo extra necesario para comprarlas y cocinarlas-.

Un estudio reciente de los hábitos alimenticios de 164 adultos de Seattle, ciudad del noroeste de EE.UU., mostró que las mujeres con más ingresos y nivel educativo comen los productos más sanos, mejorando constantemente la calidad dietética por cada dólar que gastan.

Cuando Drewnowski comprobó que lo que el departamento norteamericano de Agricultura llamaba “plan de ahorro” para la alimentación sana, se dio cuenta de que se necesitaban entre nueve y 16 horas a la semana para comprar, preparar y cocinar esos alimentos, mientras que la media de las mujeres trabajadoras –que siguen siendo las cocineras de la familia- invierten sobre cinco horas semanales en hacerlo.

Así que Drewnowski comenzó a desentrañar las estadísticas del gobierno norteamericano para comparar la media de los precios nacionales por porción con el valor nutricional de los diferentes alimentos, por cada 100 calorías. La comparación de ambos le permitió deducir cuáles son las mejores compras, el término medio entre lo más nutritivo y caro y la comida barata e insaludable.

“La leche queda descartada”, dice Drewnowski, especialmente si la gente elige la desnatada por encima de los poco nutritivos refrescos de cola, ricos en azúcar. “Mejor que las espinacas o el salmón, las patatas, judías, la ternera, la leche y el yogur”.

En su lista, las zanahorias vencen a los pimientos, y las manzanas pasan por encima de las fresas, con mejor precio y más duraderas. El tomate enlatado contiene más licopeno que los frescos, que además son más caros. Comprar el maíz en lata o congelado significa no tener que pagar por la mazorca.

Entre el salmón y el beicon barato se encuentra la hamburguesa magra –no hay más que escurrirla bien- y el pollo, que puede cocinarse con rapidez de muchas formas mejor que frito.

Y también está la patata; estigmatizada por los enemigos de los hidratos de carbono, el tubérculo posee, sin embargo, más potasio que el plátano, más fibra y vitamina C. Nada de patatas fritas: hervidas, en puré o asadas, y sin pasarse con la mantequilla. “La patata salvó naciones enteras de la hambruna”, nos recuerda Drewnowski.

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